Las brujas del obispo Clara

 Por Alicia Migliore (*)

Algo adelantamos en otra nota. Pero ellas y el tema merecen profundizar el recuerdo. De los docentes estadounidenses que llegaron respondiendo a la convocatoria, a Córdoba se destinaron Frances Gertrude Armstrong y Angeline Frances Wall para que dieran inicio a la Escuela Normal.
Entusiasmadas con el proyecto, estas “gringas yanquis” suponían que serían recibidas con alegría en la pequeña aldea que era nuestra ciudad entonces. Venían de la primera Escuela Normal de Paraná, que había comenzado a funcionar el 13 de julio de 1870, gracias al tesón de su compatriota, Jorge Stearns, quien asumió la dirección con su esposa como regente. Allí, además de formar maestros, recibían a quienes viajaban del resto del mundo para que aprendieran la lengua nacional en tiempo récord.
Frances Armstrong había comenzado su actividad como secretaria y profesora en la Escuela Normal de San Fernando del Valle de Catamarca, inaugurada en 1878 con la conducción de su hermana Clara Armstrong y Mary Gay.
Al convocarlas, por pedido de Sarmiento, analizaban particularmente que fueran intrépidas y valientes, además de capaces en su formación docente. Nadie imaginaba los desafíos que enfrentarían; tampoco ellas.

Cuando las dos maestras llegaron a Córdoba, lo hicieron llenas de ilusión: ¡esperaban una inscripción de 150 alumnas!
No contaban con la fuerza de los campanarios, agitados por el obispo Jerónimo Clara, quien lanzó un anatema (condena moral, prohibición, amenaza de excomunión) contra la escuela en formación. En una carta pastoral, expresó: “Declaramos terminantemente que, si la nueva Escuela Nacional, dirigida por maestras protestantes, se llevare a efecto, a ningún padre católico es lícito enviar sus hijas a semejante escuela”.
Nunca en Córdoba fue inocua la posición de la iglesia Católica; tampoco en esa ocasión, que redujo la expectativa inicial a un tercio de alumnas inscriptas.
Las 50 niñas y sus maestras fueron objeto de presión social. En respuesta al mandato eclesiástico, las mujeres cordobesas se manifestaron públicamente expresando su repulsa a la nueva escuela, con un dato de color: sumadas a la manifestación de devotas, algunas mujeres de “vida airada” fueron repelidas por las manifestantes, aunque compartían la posición contraria a la nueva escuela.
Las extranjeras confiaban en la cordura de las autoridades pastorales porque venían de una experiencia de rechazo en San Fernando del Valle de Catamarca, menguada luego por la sabiduría del obispo Fray Mamerto Esquiú, quien había aclarado a su comunidad que esas maestras eran de otro espacio religioso pero que no eran ateas, logrando suavizar las relaciones en su diócesis.

Pero la muerte de Esquiú causó su reemplazo por el vicario Jerónimo Clara, quien no guardaba ánimo pacificador alguno.
La maestra Armstrong apeló a sus mejores dotes diplomáticas y mientras pedía instrucciones a las autoridades nacionales, buscaba caminos de diálogo con la curia. Simultáneamente, solicitó reemplazante ante el inminente casamiento de Frances Wall.
En ese año intenso de 1884, los embates de la iglesia Católica fueron tales que llegaron al papa y el Gobierno nacional, a cargo del presidente Julio Argentino Roca, respondió con igual intensidad en su posición anticlerical: defendió la educación laica y expulsó a Clara.
El desafío clerical había sido de tal calibre que el Gobierno ordenó su detención y procesamiento.
No se discutía solamente el Normalismo en Córdoba, se defendía una concepción de educación pública común, laica, gratuita y obligatoria según la ley insignia, la Nº 1420, aprobada el 8 de julio de 1884. La política de Estado en materia educativa echaba raíces sólidas y no sería saboteada.
Ante la gravedad de los hechos, el nuncio apostólico, monseñor Luigi Mattera, se trasladó a Córdoba y contactó a la directora Armstrong.
La maestra le pidió que levantara el anatema que pesaba sobre la escuela; el enviado papal condicionó ese levantamiento a tres puntos: primero, se exigía que el Gobierno declarara en nota dirigida al obispo que su intención no era propagar la religión protestante; en segundo lugar, se exigía que el Gobierno nacional consintiera la educación de la religión católica dentro del establecimiento; y por último, que se permitiera al obispo visitar la escuela para verificar que se cumplía la segunda condición.
Frances, en defensa de su escuela, se dirigió al ministro Eduardo Wilde y le trasladó las peticiones de Mattera. El ministro consideró gravísima la intromisión de un ministro extranjero (el nuncio) en leyes consideradas de exclusiva competencia y jurisdicción del Congreso y el Poder Ejecutivo nacionales.

El presidente Roca decidió tomar cartas en el asunto, que consideraba de gravedad inusitada, por lo que instruyó al canciller Francisco J. Ortiz para que demandara las explicaciones pertinentes al nuncio apostólico.
El canciller, con elegancia, reprende a la directora en su carta al nuncio, señalando que ha sido reprobada por el ministro por excederse en sus facultades al solicitar el cumplimiento de lo requerido por el delegado del Vaticano. En los términos del lenguaje diplomático, se ponen en duda tales requerimientos señalando la gravedad de la intromisión para facilitar la retractación “…Su excelencia el señor presidente se persuade que vuestra excelencia no ha podido tener la intención de faltar a los respetos debidos al Gobierno, exigiendo declaraciones improcedentes (…) No puede ocultarse cuán fuera de las leyes y conveniencias internacionales se colocaría un ministro extranjero que en el seno del país en que reside, ejerciera actos contrarios a las disposiciones del Gobierno ante quien está acreditado (…)”.
No estaba en el ánimo del delegado de la Santa Sede rectificarse ni otorgar explicación alguna, y redobló la apuesta, exigiendo el 12 de octubre de 1884 que se lo reivindicara de una nota publicada en diario “La Tribuna Nacional” en la que se lo señalaba como “exclusivo provocador y causante de los disturbios que agitan el país (…) ”.

Todo fue enrareciéndose, el canciller Ortiz lo intimó a dar explicaciones satisfactorias en el término de 24 horas y el delegado, haciendo caso omiso a toda jerarquía, se dirigió de manera directa al presidente de la Nación en tono pontificador, en carta que se transcribe parcialmente:
“Mi distinguido general y apreciable amigo:
(…) a responderles como conviene a un obispo católico, como indignamente soy, y hablarles del mismo modo que habla y explica la Iglesia católica y el jefe supremo de ella. Ahora, la Iglesia católica no aprueba que niñas y niños católicos vayan a escuelas dirigidas por directores y profesoras acatólicas por el peligro de corromper su fe y perder la religión santa en que nacieron, y exhorta a los padres y a las madres católicas a abstenerse cuanto es posible de enviar sus niñas y niños católicos a escuelas dirigidas por acatólicos (…) Vuestra excelencia, como católico, no puede pensar de diverso modo (…) ”.
El papa León XIII dispuso el reemplazo del obispo Clara por Franciscano Tissera, quien se ocupó de dejar muy en claro que no condenaba los dichos de aquél.

¡El tenor de la disputa llegó a tal punto que se rompieron las relaciones diplomáticas con el Vaticano y no se restablecieron sino después de 18 años!
En medio de esta efervescencia, de este fuego cruzado y crisis diplomática en la que intervenían el papa, el nuncio, el vicario, la feligresía y el presidente de la Nación, el canciller, el ministro, los padres y el alumnado, estaban las “golondrinas” portadoras de las ideas de la libertad como las llamaba Sarmiento.
Evidentemente, debieron ser intrépidas estas dos Frances que nombramos y quien llegaba a fines de 1885 para reemplazar a la novia de Thome, con el banjo en su equipaje: Jennie Feliza Howard. Pese a todo, ¡la Normal estaba en marcha!

(*) Abogada-ensayista. Autora de los libros Ser mujer en Política (2014) y Mujeres Reales (2018)

Fuente: https://comercioyjusticia.info/blog/opinion/las-brujas-del-obispo-clara/
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